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  • Álex Garrido

La bilbaína

Una bilbaína le dijo a Jesucristo; te reto al juego del pescado. Él, al ser el hijo de dios, le contestó: te voy a destrozar ya verás mala perra. Jugaron. Metieron cada uno un pescado en el horno y después empezaron a darles órdenes telekinéticas. Al principio iban más o menos empatados, pero pronto el pescado de la bilbaína empezó a tomar ventaja y, en muy poco tiempo, el pescado candidato del hijo de dios yacía por el suelo del horno hecho pedazos.

“Nooooo! Por qué??”, gritó este, desesperado. Tenía muy mal perder. Era de estos insoportables que cuando no ganan al Catán están resoplando y poniendo mala cara todo el rato. La cuestión es que se habría echado las manos a la cabeza, pero no podía porque las tenía clavadas en la cruz. Pero se las habría echado. La bilbaína se reía de él, se jactaba y le decía: qué, ¿dónde está tu dios ahora? Después hacía un bailecito. Cuando se repuso, el hijo de dios le preguntó: cómo es posible? Cómo has podido ganar? Yo tengo a dios de mi parte!

“Dios no es un rival para los profundos sentimientos de un bacalao!, le contestó la bilbaína. “Te lo explicaré. Este bacalao y yo hemos crecido juntos. Vivimos juntos nuestros primeros pasos, bueno, los míos porque él no tiene piernas. Pasamos por preescolar, nos apoyamos mutuamente en la época del bullying (se lo hacíamos a un niño con cara de tonto, el Galletas. Jaja, el Galletas). Este bacalao y yo tenemos un VÍNCULO TOTAL EMOCIONAL. Tu dios no es rival para esto”.

El hijo de dios entendió y se fue a morirse, humillado profundamente por su derrota.

Pero no todo eran oropeles en la casa de la bilbaína. Mientras estaba sentada viendo cómo su bacalao y los restos del pescado del hijo de dios se churruscaban en el horno, pensaba: joder, yo sola no me puedo comer tanto pescado. También pensaba: el hijo de dios tenía razón. Soy una cerda. He mentido y engañado a mi mejor amigo, mi ALMA GEMELA, solo para tener una baza en un estúpido juego (aunque HE GANADO, OE). Pero ahora mi vida está vacía y me siento una hija de puta. He crecido con este bacalao. Hicimos primaria juntos, escuela infantil, la ESO… cuando tenía 14 años, mis padres me llevaron a una aparte y me dijeron “hija, no te encariñes demasiado con ese bacalao. Te Lo compramos en el Hipercor por si algún día te reta el hijo de dios, pero nada más. No es un bacalao especial”.

Pero para mí sí lo era. Había perdido la virginidad con él, me conocía mejor que nadie. Sin embargo, algo cambió desde el día en que mis padres me dijeron eso. Seguí quedando y hablando con el bacalao, pero esa sensación nunca me abandonaba ya. Le traicionaría. ¿O no?

Cuando terminamos juntos la universidad (ingeniería de caminos), estaba segura de que no. Pero mira, luego me crucé por el pasillo con el hijo de dios, me retó todo chulito y me dio una rabia… sabía que tenía una forma de cerrarle la puta boca. Y la usé. ¿Soy una mala persona, doctora?

La psiquiatra psicoanalista Psilocibina Cervera dejó el boli y el bloc de notas. Miró a la bilbaína y dijo “Sí, eres horrible. Has matado a un bacalao capaz de hacer una carrera universitaria, ingeniería de caminos. Con la necesidad que hay ahora mismo en el país de titulados en ingeniería. Debes morir”.

La psiquiatra psicoanalista le recetó a la bilbaína unas pastillas de pulsión de muerte. La bilbaína le dio las gracias. Al salir de la consulta fue a tirar la receta, no era gilipollas. Pero luego se la guardó, nunca sabes cuándo te va a venir bien tener unas pastillas de pulsión de muerte.

A día de hoy, la bilbaína es la persona más poderosa del planeta. Desde que tiene el poder de matar a alguien sin que ese enteren con el blíster que guarda en su casa, se siente empoderada. Y, si te sientes así, el universo te da poder, todo el mundo lo sabe. Por eso los bipolares son inmortales cuando están en fase maníaca y les cagan las palomas encima cuando están depresivos. Es el universo, bitches.

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