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Palmiro el Vacuo

  • Álex Garrido
  • hace 19 horas
  • 2 Min. de lectura

Palmiro el Vacuo era el Señor del Vacío. Como tal, todos los demás señores se cachondeaban de él, pues no podía tener propiedades en el vacío. A ver dónde las apoyaba. Le hacían chanzas del tipo “¡a ver cuándo nos invitas a tu chalet!”, sabiendo perfectamente que en el vacío no pueden asentarse los cimientos de ninguna casa. O “te lo pasarás bien conduciendo a toda hostia por ahí, con todo el espacio que tienes”. ¿Cómo iban a hacer fricción las ruedas para poder mover el coche? Sí, Palmiro el Vacuo sabía que se choteaban de él, y no le hacía ni puta gracia. Pero era el Señor del Vacío, así que decidió usarlo.


Primero, les hizo notar a todos los demás señores cada hueco sin llenar que había en sus mansiones. Esto les puso nerviosos y, poco a poco, las decoraciones minimalistas que tanto les gustaban se fueron volviendo cada vez más barrocas, las estancias abarrotándose cada vez más y más de sillas, estanterías, lámparas y cuadros. Pero el Señor del Vacío argumentaba que todo el hueco que no estuviera ocupado estaba VACÍO, y por lo tanto era dudoso que fuera propiedad de los otros señores. Así que estos se afanaban por llenarlo aún más.


Finalmente, llegó el punto en el que no podían entrar en sus propias casa, tan llenas como estaban de cacharros; ni en sus propios jardines, que estaban abarrotados de tumbonas, pagodas, elefantes y plantas. Los señores ya no se cachondeaban tanto de Palmiro el Vacuo, pero este no estaba satisfecho.


ꟷ ¿Sabéis que casi todo el espacio dentro de un átomo es vacío? ꟷ les decía ꟷ ¿Y que el espacio entre átomo y átomo es vacío también? Hasta ese candelabro de oro está hueco en realidad.

Y los señores le daban el candelabro, asqueados. Palmiro lo tiraba a la basura, porque no podía ponerlo en su vacío, claro, pero se regodeaba. Finalmente, los demás señores no pudieron soportar el vacío que sentían dentro de sí mismos e intentaron llenar los huecos entre sus átomos de cosas: mascotas exóticas, yates, libros, lo que fuera.


Fue desastroso, claro: los átomos necesitan su vacío para funcionar. Murieron todos. Palmiro el Vacuo, Señor del Vacío, sonrió por fin. Pero a los cinco minutos ya se aburría de aquel mundo sin nada ni nadie. Por primera vez, sintió su vacío.

 
 
 

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